Mis ojos se empezaron a abrir, y mi mirada se enfocó lentamente. Esta vez no estaba en la buhardilla de las dos últimas veces, estaba en una sala con musgo y desconchones en las paredes, con las bombillas del techo rotas. Las lámparas de aluminio que pendían del techo estaban aboyadas, y decenas de goteras hacían que aquel lugar pareciera una cueva. Estaba acostada en una camilla, tapada con una sábana blanca. Era la tela más limpia que había visto en mis días de residencia en Lonely Road. Me incorporé, y vi que mi brazo estaba envuelto por una venda. No me dolía, y no estaba empapada de sangre a causa de alguna posible herida. Me la quité. No podía ser. Tenía una A tatuada en el brazo: una A de Anti Idiot. ¿Qué cojones pensaban aquella panda de inútiles? Por tatuarme eso no iba a ser como ellos. Los gritos seguían.
-¿Eres gilipollas, Brad? Te mataré, lo juro por Jimmy.
-Jefa... Jimmy fundó esta ciudad, y quería que todos los que entrasen se hicieran Anti Idiots.
Escuché cómo aquel bastardo recibía una bofetada.
-No hables de Jimmy, asqueroso. ¡Serás imbécil! Sácala de aquí, rápido. ¡Rápido!
-¡Sí, Jefa!
Escuché blasfemar a Whatsername, que se fue con un portazo. Mientras, Brad hablaba solo, musitaba frases incomprensibles. De pronto, se puso a cantar, de manera casi inaudible, Jesus of Suburbia, pero algo me aterrorizó. Cantaba "The Tuky of Suburbia". Un golpe suave, como el cerrarse de un cajón. Un tintineo, como varias piezas de metal chocando unas con otras. Metió seis en una especie de hueco, produciendo un roce suave y delicado. "From the Bible of "Tuky on the above". Seis piezas de metal... Tenía que irme de allí. Me levanté de la camilla, miré a mi alrededor y vi un ventanal sin cristales. Me asomé y vi que estaba a menos de un metro de altura. Salté mal y me caí de narices en la tierra. Corrí todo lo que pude, sin saber a dónde ir ni qué hacer.
Disparos a lo lejos. Estaba en las afueras de la cuidad, y la guerra ya había comenzado. Los Idiots. Tenía que llegar hasta ellos. Miré a mi alrededor, no había nada. Una mano me tocó el hombro, y me giré de golpe. Ahora sí que estaba muerta, Whatsername, la vieja Whatsername me había encontrado.
-Nena... Me están entrando ganas de pegarte un tiro en la sien y acabar de una vez contigo. -dijo, con una amplia y preciosa sonrisa.- Pero, ¿sabes qué? No lo haré. La puta de Christie se merece ver a su niñita...
Me agarró del pelo, de mi pelo color azul al que tanto cariño tenía y tan abandonado dejé después de irme de Jingletown. Me llevó a rastras y me ató a una farola con su cinturón de tachuelas. Apretó tanto que me pellizcó y noté cómo se me levantaba la piel. Un calor húmedo me inundó las manos, empapándomelas y sintiendo cada gota de sangre en las yemas de mis dedos, notándolas caer. Empezó a darme puñetazos en la cara, en el estómago, en las costillas. Patadas. Arañazos. Yo gritaba con todas mis fuerzas, pero nadie podía oírme.
-Cállate, perra. -me amordazó con un pañuelo que tenía atado a la muñeca. Siguió pegándome hasta casi llegar al punto de desmayarme.- Oh, cielo... Das asco. Le gustarás mucho a tu madre.
Volvió a sonreír. Apenas pude ver cómo lo hacía, tenía un ojo morado, cerrado del todo, y el otro tenía una hemorragia. Me desató con delicadeza y me empujó a patadas hasta una camioneta aparcada al otro lado de la calle, la cuál no había visto cuando llegamos allí. Me tiró en la parte de atrás, como si fuera un saco de patatas o una alfombra vieja destinada al vertedero. Condujo un buen rato, unos 15 minutos. Paulatinamente noté cómo nos aproximábamos a la entrada de Lonely Road, los disturbios se hacían notar. Aparcó.
-Tú, bájala.
-¿Quién es, Jefa?
-Cállate la puta boca. He dicho que la bajes.
Aquella voz me resultaba familiar. El mismo "¿Quién es?" que escuchaba en Jingletown cuando llamaba a su puerta para hacer los deberes con ella. No podía ser posible. Letterbomb se había vuelto una Anti Idiot.
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