-¡Hey! ¿Qué haces?
-So... Sólo iba a abrir las judías...
-¿Te he dado permiso para tocar nada? -estaba desconcertada, y mi cara se lo transmitió.- Lo siento... Es que... No me gusta que hurguen en mis cosas...
-Vale, perdón. -Algo no cuadraba, su respuesta no era concincente, ni siquiera para él mismo.-
Se acercó a la mochila, sacó un mechero y lanzó la bolsa a tres metros de mi, alejándome de ella. A continuación, intentó prender el neumático. "Está loco, me quiere asfixiar con el humo y el olor a plástico quemado", pensé.
-¿Vas a usar eso para encender la hoguera?
-Sí.
-Va a oler fatal...
-¿Qué pasa, no te vale? Otra cosa no hay. -dijo, harto de mis preguntas y de mal humor. Entonces me prometí no preguntar nada más.-
-¡Puto mechero! Joder. A ver si tengo otro...
Se acercó a la mochila, y cuando abrió la cremallera, sonó un teléfono. Él se sobresaltó notablemente, pero yo me asombré; un teléfono en la mochila de Justin. ¿Para qué lo quería? Revolvió en el interior hasta encontrarlo, nervioso. Era un móvil viejo, de pantalla pequeña color verde y con antena. Se alejó unos metros para evitar que yo escuchara la conversación, pero la soledad de la noche se lo impidió.
-¿Sí? ¿Eres...? Ah, hola. Sí, esta conmigo. No, tranquila, no me escucha; me alejé un poco de ella. ¿Cómo? Ah, pues en... -mira a su alrededor, buscando algo- En el sector 3. Perdón, no he podido avanzar más... ¿Mañana? ¡Joder, tía! -gran silencio. Justin intenta hablar, pero la persona que está al otro lado del teléfono no se lo permite.- De acuerdo... Mañana estaré en Jingletown con ella. ¿A qué hora? Bien, a las 08:00 entonces. Adiós.
Colgó el teléfono. Yo actué como si no escuchara nada, y disimulaba dibujando estrellas en el suelo con un palito. Cuando se acercaba, lo miré: su cara no decía nada bueno. Se paró a unos centímetros de mi, se echó su pelo rubio hacia atrás y supiró.
-Tenemos que continuar. Me... han llamado unos amigos para avisarme de que se avecina una tormenta de... Una tormenta. Vamos, levanta. Ya llevo yo la mochila -dijo, en un tono irónico y a la vez tajante.-
Sin más explicaciones, empezó a andar por el camino. Vi que no se paraba para esperarme, así que me levanté del suelo y lo seguí. Aquella persona, una mujer, le ordenó llevarme a mi pueblo, a mi hogar, a mi primer infierno. Volvía a Jingletown, y no sabía para qué.