sábado, 26 de octubre de 2013

Capítulo 2: Walking down Lonely Road

MAR 3. El día anterior eran las 19:17 cuando salí de casa con mi mochila de Nirvana al hombro. Ya eran las 08:30 y aún no había llegado a ningún sitio en concreto. Allá a donde voy, todo está en ruinas, con pintadas en las paredes, agujeros de bala en los muros, cristales rotos... Estaba exhausta, llevaba horas caminando, sin apenas dormir y sin comer, con la ropa mojada y de mal humor. ¿Mal humor por qué? Porque mi vida era un asco. Sin familia, sin amigos, sin hogar... Sin nada. De nada me valía volver atrás en el camino, porque no había nada peor que Jingletown, o eso creía yo.

 Las 13:49. El cielo estaba negro como la boca del lobo; la tormenta se me echaría encima en apenas media hora. Tenía que buscar un lugar donde resguardarme de la lluvia, pero no había nada a mi alrededor, nada más que árboles muertos caídos en medio de mi camino. De pronto, vi un cartel, como las señales que hay en Hollywood que ponen "Brodway Street". Era a lo que más se me parecía en ese momento. Éste ponía "Lonely Road". Tenía pintado con spray una A de anarquía y un "KEEP OUT" en letras rojas. Miré más allá de la señal, y lo que vi me sorprendió: una cuidad en ruinas con gente viviendo en ella. Avancé a través de la calle, mirando a los lados, observando cómo me observaban. Esas personas... Me resultaban extrañas. Vestían Punk, pero tenían muy mala pinta. Susurraban ente ellos mientras me miraban de arriba a abajo y me señalaban. Eran muy pálidos, casi de color enfermizo, con grandes ojeras y pequeños moratones en los brazos; eran yonkis. Intenté buscar un lugar lo más apartado posible de ellos para no mojarme más aún de lo que estaba. Encontré un pequeño escondrijo entre una pared y unos escombros. Me quedé allí, encogida, tiritando, muerta de hambre y de sed. Me dormidí casi al instante, no pude evitarlo. 

Abrí los ojos, estaba acostada. ¿Dónde cojones estaba? Miré a ambos lados, delante mía y al techo; esto no eran los escombros que vi antes de cerrar los ojos, ni mucho menos. A mi izquierda, en la pared, había un póster de American Idiot, roto, mojado por una esquina y algo arrugado. Me fijé mejor, y pude ver que el celo estaba recién puesto. ¿Habían puesto eso a propósito para mí? Y lo más importante, ¿quién? Me apoyé sobre el codo para levantarme un poco y ver mejor. La habitación era oscura, húmeda, fría, y con una pequeña ventana con los cristales sucios, llenos de moho. Parecía que que me habían metido en un sótano. Estaba tapada con una manta raída, con manchas de no quiero saber qué y descolorida. Eso sí, ya no tenía frío. Mi ropa... ¡No era mi ropa! Tenía puesta una enorme camiseta negra con una A, la misma que vi en el cartel de Lonely Road, pero esta vez en blanco, y un pantalón roto por las rodillas. Sorprendentemente, la ropa olía bien, como a colonia de bebé. Escuché un ruido, el picaporte de la puerta se estaba girando lentamente hasta llegar al punto de ser terrorífico. El sonido era horroroso, peor que el de arañar una pizarra. La puerta se abrió. Al otro lado había más luz que en la habitación, pero tampoco mucha. Pude distinguir una silueta de una persona. Tenía algo en la mano. ¿Qué me iba a hacer? ¿Matarme por haber entrado en la ciudad, quizás? No lo sabía. Se acercaba a mi, poco a poco. "¿Qué hago?", pensé. Me acosté en la cama, sin procurar disimular mi miedo y sin hacerlo poco a poco. Tan pronto como encontré la almohada, cerré los ojos con fuerza y esperé mi final.  

martes, 22 de octubre de 2013

Capítulo 1: Mi vida en Jingletown

FEB 23. Quien me iba a decir a mí que iba a aguantar tanto tiempo aquí, en Jingletown.  Lo único que hago es preguntarme por qué tengo que ser "normal". Llevar la ropa que lleva todo el mundo, peinarme como todo el mundo, pensar como todo el mundo... Ser invisible para no llamar la atención y que te tachen de loca. Por lo de pronto, visto con ropa negra y tengo el pelo azul; creo que transmite bastante bien lo que soy y quiero ser. La gente de ahora? Da asco. No quiero ser el resultado de lo que me diga un cacharro llamado televisión, como ellos. 

No tenía a nadie en ese maldito sitio, a excepción de Gloria. Ni siquiera éramos amigas, sólo compañeras, pero por algún motivo era la chica que más confianza me daba. Un día, en una de esas conversaciones tan monótonas que teníamos, me dijo:

-¿Qué te parece mi nueva camiseta? Me encanta, todo el mundo la tiene -dijo emocionada-.
-¿De verdad quieres mi opinión? 
-Sí, si no la quisiera no te lo diría, Tuky.
-Pues me parece que te estás volviendo como el resto; quieres ser igual a los demás. ¿Y qué consigues así? 
-¡Y tú qué, eh! Vas de "oh, no... Yo soy diferente, no quiero ser así, odio a la sociedad actual..." Así estás. Si no fuera por mí, no tendrías a nadie.
-¿Y acaso tú eres alguien para mí? ¿Te pedí yo que me acompañaras? No. Pues, si quieres, vete con todas esas chicas que sólo piensan en cómo ser perfectas, en cuánto tienen que pesar y qué talla de sujetador usar. Creía que tú podías ser un poco como yo, pero ya veo que no, que nadie me entiende, que no encajo aquí.

No me dijo nada más. Sólo se dio la vuelta con su bolsa de Berska y se fue. No la volví a ver. Tal vez me evitara, no lo sé. A raíz de esa discusión, empece a darle más vueltas a todo. En mi casa nada iba bien; no tenía padre, y mi madre nunca estaba en casa, demasiado ocupada con Tinny, su "compañero" de trabajo. Todo me daba asco: la gente, la televisión, la manera de pensar del mundo... La vida. Llegué a casa después de un horrible día de invierno, lluvioso y frío. Ni siquiera me saqué la ropa mojada, y, aprovechando la casa estaba vacía como de costumbre, cogí una mochila, la llené de ropa y me fui. No sabía a dónde ir, qué hacer, nada. Sólo quería dejar atrás Jingletown y empezar una nueva vida.