FEB 23. Quien me iba a decir a mí que iba a aguantar tanto tiempo aquí, en Jingletown. Lo único que hago es preguntarme por qué tengo que ser "normal". Llevar la ropa que lleva todo el mundo, peinarme como todo el mundo, pensar como todo el mundo... Ser invisible para no llamar la atención y que te tachen de loca. Por lo de pronto, visto con ropa negra y tengo el pelo azul; creo que transmite bastante bien lo que soy y quiero ser. La gente de ahora? Da asco. No quiero ser el resultado de lo que me diga un cacharro llamado televisión, como ellos.
No tenía a nadie en ese maldito sitio, a excepción de Gloria. Ni siquiera éramos amigas, sólo compañeras, pero por algún motivo era la chica que más confianza me daba. Un día, en una de esas conversaciones tan monótonas que teníamos, me dijo:
-¿Qué te parece mi nueva camiseta? Me encanta, todo el mundo la tiene -dijo emocionada-.
-¿De verdad quieres mi opinión?
-Sí, si no la quisiera no te lo diría, Tuky.
-Pues me parece que te estás volviendo como el resto; quieres ser igual a los demás. ¿Y qué consigues así?
-¡Y tú qué, eh! Vas de "oh, no... Yo soy diferente, no quiero ser así, odio a la sociedad actual..." Así estás. Si no fuera por mí, no tendrías a nadie.
-¿Y acaso tú eres alguien para mí? ¿Te pedí yo que me acompañaras? No. Pues, si quieres, vete con todas esas chicas que sólo piensan en cómo ser perfectas, en cuánto tienen que pesar y qué talla de sujetador usar. Creía que tú podías ser un poco como yo, pero ya veo que no, que nadie me entiende, que no encajo aquí.
No me dijo nada más. Sólo se dio la vuelta con su bolsa de Berska y se fue. No la volví a ver. Tal vez me evitara, no lo sé. A raíz de esa discusión, empece a darle más vueltas a todo. En mi casa nada iba bien; no tenía padre, y mi madre nunca estaba en casa, demasiado ocupada con Tinny, su "compañero" de trabajo. Todo me daba asco: la gente, la televisión, la manera de pensar del mundo... La vida. Llegué a casa después de un horrible día de invierno, lluvioso y frío. Ni siquiera me saqué la ropa mojada, y, aprovechando la casa estaba vacía como de costumbre, cogí una mochila, la llené de ropa y me fui. No sabía a dónde ir, qué hacer, nada. Sólo quería dejar atrás Jingletown y empezar una nueva vida.
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